Había un platón tón tón

Platón, La República, 487b:
"Nadie, oh Sócrates, podría contradecirte. Pero a los que escuchan en cada ocasión lo que dices les pasan cosas como estas: estiman que es por su inexperiencia por lo que son desviados un poco por obra del argumento en cada pregunta, y al acumularse al final de la discusión todos estos pequeños desvíos, el error llega a a ser grande y aparece contradiciendo lo primero que se dijo"
¿No es curioso este fragmento, que queda sin respuesta? Y, es más, acaso no es fascinante que la pregunta sea esa y no algo como "Ninguno de tus personajes, oh Platón, podría contradecirte. Pero estos están bajo tu control, y por tanto este texto no es una discusión honesta y libre".
-Examina lo siguiente: ¿hay algo de otro género que el oído necesita para oír y la voz para ser oída, de modo que, si este tercer género no se hace presente, uno no oirá y la otra no se oirá?
-No, nada
Platón, La República, 507 c.
Una verdadera desgracia que los razonamientos dialécticos que parten de lo que se revela como obvio, forzoso o necesario dependan de que lo obvio se corresponda con la realidad o, en otros terminos, de que lo obvio no oculte la esencia de la cosa.  En este caso concreto, resulta quel sonido sí necesita de un medio físico para ser transmitido, y el tercer género al cuál hace referencia el fragmento es comúnmente el aire. Por eso, en el vacío no se oyen voces.

Creo que ambos fragmentos desvelan graves problemas con el método platónico.

Por último, frente a este fragmento final tan solo cabe un "jajajajaja lol":
Después de la superficie hemos tomado el sólido que está en movimiento, antes de captarlo en sí mismo; pero lo correcto es que, a continuación de la segunda dimensión se trate la tercera, o sea lo que concierne a la dimensión de los cubos y cuanto participa de la profundidad. Platón, La República, 528b. 

Repletar

De manifestar, manifiesto, o de abrir abierto, o de respetar respeto. Pero repleto parece como ellos,  y se crea la palabra repletar. Fascinante.


Biología para futuros presidentes. Parte I.

Hace unos meses, a principios de este año, mi profesora de biología me informó de que había sido seleccionada, junto a dos alumnos más, para participar en la Olimpiada de Biología de la Comunidad de Madrid, representando a mi instituto.

Así que unas semanas después, pasé la tarde de un viernes lluvioso sentada en una silla de la Complutense haciendo un examen de biología cuya primera pregunta trataba de las distintas especies de camélidos del mundo –hay 7, por cierto-.

La verdad es que tengo que admitir que la Olimpiada de Biología era un poco como la lotería: supones que alguien tiene que ganarla, pero no conoces a nadie que lo haya hecho. De hecho, era peor que eso, porque hacía un año ni siquiera sabía de la existencia de esta Olimpiada ni tenía ni idea de qué significaba “pasar ese examen”.

Tres días después resultó que había pasado la primera fase. Resultó, también, que había una segunda fase, práctica, que se celebraba la semana siguiente, y resultó, por último, que existía una Olimpiada Nacional de Biología en la que pude participar, junto a otros cuatro chicos madrileños, al superar la segunda prueba. Nos regalaban un curso de buceo y una semana de prácticas en un centro de investigación del CSIC, además de un fin de semana en Vigo, participando en la fase nacional. Más que suficiente teniendo en cuenta que la competición en sí misma era un descubrimiento reciente para mí.

Así que en abril, los cinco madrileños cogimos un tren hacia Vigo, cargados con distintas expectativas y un grado variable de ambición y confianza en las propias capacidades. Mi actitud, honestamente, era la de alguien que pretendía, principalmente, “disfrutar de la experiencia”, pues ya bastante increíble me parecía estar subida a ese tren. Además, los premios en Vigo eran ya palabras mayores y me parecían bastante fuera de mi alcance: representar a España en la competición Internacional en Hanoi, o en la Iberoamericana en Brasilia, como primer y segundo premio, respectivamente.

Tanto la imagen como el título corren de mi cuenta.

Fue agradable comprobar ya desde el principio que la competitividad no parecía ser la actitud predominante; pasamos varias horas del viaje hablando de xilemas y floemas, monosacáridos y  de la estructura de las proteínas, en un intento de predecir las preguntas de los exámenes, poner en común nuestras reglas mnemotécnicas y afianzar conceptos escurridizos de forma conjunta.

Al llegar a Galicia, empezamos a conocer a las otras “delegaciones”: 2, 3, 4 o 5 de cada comunidad autónoma (excepto Ceuta y Melilla, que solo contaban con un representante). Selectividad era uno de los temas predilectos, como también lo eran las aspiraciones profesionales, destacándose, como era de esperar, carreras como Medicina, Biotecnología o Biología (“sin más”). Estaban aquellos que querían trabajar en hospitales o universidades y los que querían investigar, neuronas, brazos biónicos, arañas o gorilas.

Hubo tiempo para hablar, y para estudiar, quien lo quiso, pues aparte de los exámenes, hicimos un par de visitas turísticas, una de ellas, al paraíso natural de las Islas Cíes, con un mar que recuerda a las mejores fotos del Caribe, pero al lado de casa, como quien dice. Id, volved, o apuntadlo en vuestra lista, al menos, si puede ser.

En cuanto a los exámenes… Fueron interesantes cuanto menos. Dos exámenes teóricos y cuatro prácticos ocuparon la mayor parte del fin de semana y mantuvieron unos cuantos nervios de punta durante un par de días. Tan de punta como el bisturí que utilizamos para intentar encontrar los ganglios pedios de un pobre mejillón de ría y fracasar estrepitosamente en nuestra búsqueda. Dicen que existen, pero aún tenemos nuestras dudas.

Debo decir que la entrega de premios fue sin duda uno de los momentos más emocionantes de mi vida. La intriga se mantuvo hasta el nombramiento de los ganadores, primero las cuatro platas y, después, los cuatro oros, por orden alfabético y tras una larga tanda de discursos oficiales. No hay mucho más que decir sobre este día, salvo que mucha gente estaba orgullosa de nosotros, y que mi madre, muda en el teléfono, se preparaba para investigar sobre las vacunas contra el Dengue, las fiebres tifoideas y la malaria, tan temidas en los viajes al continente asiático.

Fdo: Claudia Lombardo

La paradoja del piano

En la vida real una función sobre una variable continua puede dar lugar a resultados discretos. Por ejemplo, antes de que llegue un tren a un aestación, todos los pasajeros están distribuidos de forma uniforme en el andén.


Y cuando el tren llega, de forma muy similar a las funciones como parte entera de x, todos se colocan delante de las puertas,  tal que así:



Otro ejemplo, el que da nombre a esta paradoja, es el del piano. Si a alguien le cae un piano encima, muere. Si vamos disminuyendo el peso del piano hasta llegar a un pequeño piano del tamaño de una macetita, habrá un momento en el que el sujeto sobrevivirá. Pero antes de llegar a ese punto, la muerte por piano de cien kilos produce el mismo resultado que la muerte por piano de media tonelada. La función vivir o no morir, que toma como variable el peso, una variable continua, produce un resultado discreto.


Tenemos una situación análogamente discreta cuando alguien dice "Me gustaría, pero... (no lo haré)". En ella, el piano de media tonelada corresponde al "no lo haré" sin más, y el del "no lo haré" sazonado con una bonita excusa es equivalente al piano de cien kilos. Tanto la existencia como la no existencia de una excusa o de un sentimiento de "querría hacerlo, pero no lo haré" producen el mismo resultado y por eso algunas veces argumento maliciosamente que si un sentimiento no se traduce en un hecho real, entonces es invisibilidad pura, ergo no existe.

Por último, afirmar que la sexualidad es un espectro continuo tiene la misma naturaleza que la afirmación anterior; en el momento en el cual una persona 100% heterosexual no manifiesta ninguna diferencia detectable con respecto a una persona 99% heterosexual, el espectro es inútil, y sobretodo, no es continuo. Si dos pasajeros de tren entrasen por la misma puerta, ¿qué importa en qué lugar del andén estuvieran? y, en el caso de la sexualidad, ¿cuál es el andén?

Thinking fast and slow

Thinking, fast and slow, obra del psicólogo Daniel Kahneman, pretende proporcionar recursos para identificar y comprender los errores que cometemos al elegir, juzgar y opinar. Según el autor, en el día a día, nos dejamos guiar por nuestras emociones e impresiones y normalmente, nuestra confianza en nuestras intuiciones y creencias están justificadas. Sin desacreditar la inteligencia humana, Kahneman ofrece herramientas para mejorar las decisiones que tomamos y evitar los errores que nuestra intuición pueda cometer. Para alcanzar este fin, el libro se centra en dos aspectos. En primer lugar, busca promover el uso de un lenguaje más conciso para abarcar y entender mejor nuestro entendimiento y opiniones. En segundo lugar, parte de la premisa de que es más sencillo analizar las elecciones de los demás que las propias, y propone el cotilleo informado y fundamentado como una fuente de auto - corrección.

La idea clave que se desarrolla a lo largo de la obra es que bajo determinadas circunstancias, la intuición tiende a cometer unos sesgos determinados. Para explicar el funcionamiento de la mente, el autor introduce dos personajes ficticios que pueden interactuar entre sí, el Sistema 1 y el Sistema 2. El Sistema 1 actúa de forma rápida y automática y sin que tengamos conciencia de ello, mientras que el Sistema 2 se encarga de tareas que requieren más esfuerzo y se le asocia con la voluntad y la concentración, entre otros. El autos insiste en que estos dos personajes no existen como tal, son meramente una ficción narrativa que permiten entender mejor los procesos de nuestra mente.

El autor atribuye numerosos errores de juicio intuitivo al Sistema 1. Aunque este "personaje" sea capaz de mantener y actualizar nuestro concepto de normalidad en el mundo real, distinguiendo los eventos sorprendentes de los normales y buscar interpretaciones causales de lo ocurrido muy rápidamente, también tiene algunos puntos débiles. Por ejemplo, al tener que buscar la respuesta a una pregunta, puede sustuirla por otra cuya respuesta sea más accesible o rápida, sin que seamos conscientes del cambio. El Sistema 1 no distingue si las respuestas que proporciona proceden de nuestras habilidades y experiencias o si son meramente heurísticas. Además, el Sistema 2 frecuentemente es perezoso y no construye una respuesta propia más lenta que contraste con nuestra primera intuición. 


Algunos errores de la intuición son el efecto halo o WYSIATI (What you see is all there is) que consiste en equiparar la limitada información que tenemos con toda la que hay. Otro aspecto tratado detalladamente en el libro es la dificultad de la mente humana para pensar intuitivamente de acuerdo a los principios estadísticos, incluso en casos de expertos en este campo. Desoír leyes estadísticas básicas, argumenta Kahneman, conlleva recurrir a atajos heurísticos que distorsionan nuestros cálculos de probabilidades en el mundo real.

Después de explorar los errores de la intuición, la obra trata uno de sus defectos más notables: la confianza exagerada en nuestras opiniones y juicios. El autor pone abundantes ejemplos procedentes principalmente de la economía para explicar la ilusión de validez o la ilusión del entendimiento. En situaciones de incertidumbre, necesitamos confiar en nuestras respuestas, construyendo un resultado coherente aún disponiendo de poca información; el Sistema 1 está diseñado para sacar conclusiones incluso partiendo de pocos datos, y uno de sus fallos es no ajustar la confianza en un modelo a la cantidad y calidad de datos que lo han creado.

Thinking, fast and slow es un recorrido detallado por las debilidades de nuestra intuición y cumple eficazmente su propósito de proporcionar un vocabulario más rico y conciso para describir los procesos mentales involucrados en la toma de decisiones. Son especialmente útiles las breves frases que aparecen al final de cada capítulo a modo de ejemplo sobre cómo se podrían emplear estos términos técnicos en el habla cotidiana. No obstante, queda como tarea del lector poner en práctica las estrategias que la obra presenta para detectar posibles defectos en la intuición de los demás y finalmente ralentizar el razonamiento para tomar decisiones más acertadas nosotros mismos.

Fdo: Lucía Séchura.