En 2º de Bachillerato aprendí muchísima filosofía. Pero no en clase.

En un campamento de alemán con una notable población de la antigua Unión Soviética, desde Ucrania a Kazajistán, que se caracterizaba por beber mucho vodka, se dio el rumor de que yo hablaba ruso. Primero nació el rumor desnudo y tras poco tiempo se fue vistiendo de detalles: Uno de mis padres era posiblemente ruso, pero yo no quería revelarlo porque estaba en el campamento para aprender alemán.

Al segundo día, una chica afirmaba con un 80% de seguridad que al menos lo entendía y otra recordaba haberme oído hablar en ruso, ¡ningún extranjero sabe lo que es la maskirovka! Una vez que el rumor estaba firmemente asentado y mi negación vehemente se tomaba como una prueba más, decidí a arriesgarme y a experimentar.

Comencé a escuchar muy atentamente cuando hablaban y a responder mediante magia negra a preguntas como "¿hablas ruso?" o "¿me das una chuche?" Sin la distracción del lenguaje verbal, el corporal se revelaba evidente; claro que me está pidiendo una golosina, las ha mirado antes y su brazo casi las señala. Y es obvio que me están preguntando si hablo ruso, han mencionado mi nombre y sus ojos me interrogan.

De lo anterior se concluye que el lenguaje no verbal transmite información abundantísima. Pero esta segunda conclusión ya la había oído antes, mi padre me la había comentado mil y una veces. Sin embargo, no la había entendido de la misma forma que la entiendo ahora, de forma similar a como la afirmación "El ferrocarril actuó como sector de arrastre de la industria metalúrgica" tiene dos significados diferentes antes y después de leer El fracaso de la Revolución industrial en España, 1814-1913, de Jordi Nadal. Ahora, y no antes, comienzo a comprender la posición de Nietzsche con respecto a la relación entre la idea, la intuición y el lenguaje: Qué mejor ejemplo para ilustrarla que los apuntes mi clase de filosofía de este mismo autor, que sólo me dieron palabras, humo y sombra y nunca intuiciones.

No obstante, en 2º de Bachillerato sí aprendí muchísima filosofía...

Solo que no en clase. Mi tutora se negaba a responder mis preguntas, llamándome imbécil a la cara: "Nuño, siempre vas un paso por detrás" (en fa sostenido) o "se ve que no llegas" (en la mayor). Recuerdo una clase de francés en mi antiguo colegio en la cual la profesora empezó advirtiéndonos de que la lección podía ser complicada. Después de la explicación, preguntó si alguien no entendía algo y yo pedí que lo repitiese otra vez y que pusiera algunos ejemplos más. Mis compañeros de alrededor se sorprendieron, pues ellos lo entendían perfectamente, y me abuchearon un poco. No se percataron de que yo tenía la misma comprensión superficial del concepto que ellos, pero yo quería subyugarlo total y definitivamente, profundizar, cosa que, con la segunda vuelta, hice. Con mi tutora esto no pasó nunca.

Otro detalle curioso fue el constante ejercicio de hipocresía que se llevó a cabo en esa clase. Mientras se hacía énfasis en el pensamiento crítico se nos obligaba a memorizar la ristra de adjetivos que definen la idea platónica: "eterna, inmaterial, indivisible, inmutable, objetiva y universal" y la definición de ciencia según Aristóteles: "saber universal, indudable y organizado". Y cual palabra revelada, se debía tomar con devoción. El problema radica en que la memorización de una forma concreta de expresar una idea es óbice para la comprensión de la idea misma, la obcecación en una formulación impide trascenderla. Se valoró conocer una sola al dedillo, poderla escupir en el examen. Pudimos capturar las palabras que rodean a un concepto sin capturar al concepto en sí, y nunca desarrollamos intuiciones.

También resultó singular la aproximación a las preguntas filosóficas más profundas y actuales. No "¿qué es el hombre?", "¿qué puedo conocer?" ni "¿qué es el bien?" sino "¿creéis que este puede ser un texto de selectividad?". Era una estampa graciosa ver a veintiséis mentes pensantes intentando dilucidar y explicar dicha cuestión: al igual que Kant establece que una ciencia se caracteriza por los juicios sintéticos a priori, los textos de selectividad se definen por tal, cual y fual. Mientras tanto yo copiaba menticulosamente toda palabra revelada con la zurda y ya soy ambidextro. En mi clase de filosofía, el examen de selectividad, o la presentación del BI fueron los objetivos, en vez de obstáculos o herramientas para afinar nuestra maquinaria intelectual. Esto confirma tanto la Ley de Goodhart como la tesis de Eichman en Jerusalén, de Arendt.

Porque lo que mi tutora ha hecho es criminal, pero de una criminalidad similar a la de Eichman: banal. Otros profesores, no obstante, sí fueron positivamente más allá de su deber explícito: Patricio con sus intercambios, viajes y recursos audiovisuales: el "no difference" y poniéndole horas de laboratorio, al igual que Marisol. Juanma con el taller de debate, Ana en especial en los comentarios de novelas y conmigo, en mi monografía. Beatriz intentando dar clase de universidad y Sotero y Manuel simplemente siendo ellos mismos, Sotero con su mus y su ma' (math) y Manuel con su Atleti. Todavía queda Cacho, con su memorable "pues me lo buscan para mañana". El Cacho de primero tuvo la interesante habilidad de motivar tanto al eje Europa Universalis, que ya sabía detallitos del imperio Austro-húngaro, como a los panolis que aterrizamos despistados. Fue nuestro Vicente del Bosque.

Pero de clase de filosofía, ¿qué podemos decir?¿Que se trajo un pollo reseco? Aún así, tal vez se haya demonizado en exceso a alguien que no es más que un engranaje particularmente eficiente de un sistema irreversiblemente fracturado. Quisiera leer una cita de Antifragil, de Nassim Taleb:
"Las personas que aumentan su capacidad física utilizando estas modernas y caras máquinas pueden levantar pesos extremadamente grandes y desarrollar músculos impresionantes, pero no son capaces de levantar una piedra; son aplastados en una pelea callejera por aquellos entrenados en contextos más desorganizados. Su fuerza es profundamente dependiente de su dominio de aplicación y este no existe fuera de construcciones lúdicas y extremadamente organizadas. De hecho, su fuerza, al igual que en el caso de atletas excesivamente especializados, es el resultado de una deformidad. Pensé que lo mismo se daba con personas seleccionadas por intentar sacar buenas notas en un pequeño número de asignaturas en vez de seguir su curiosidad [...] Al igual que los ejecutivos se seleccionan por su capacidad de soportar reuniones aburridas, muchas de estas personas fueron seleccionadas por su habilidad para concentrarse en materiales aburridos". Fin de la cita.
Y en efecto muchas veces hemos permitido que nuestra curiosidad haya sido por un soporífero temario adormilada; el LOE no está diseñado para encauzar nuestra curiosidad; pasamos más tiempo haciendo exámenes que estudiando a Nietzsche.

No obstante, al margen de mi educación formal sí aprendí filosofía, mediante los múltiples recursos a mi alcance, que os recomiendo. Por mencionar algunos, leí La aventura de pensar, de Fernando Savater, a quién conocí a través de La aventura del pensamiento, una amena serie de vídeos de filosofía. Leí La deshumanización del arte, de Ortega. Leí algunos textos tomasinos, que no me convencieron. Leí tomando apuntes el Tractatus Logico-Philosophicus la semana de antes de selectividad, porque la filosofía me interesa pero las fotocopias que tuve que estudiar eran repugnantes. Creo que este libro fue el detonante de que me matricule en Filosofía por la UNED este año. Comencé y pretendo terminar la serie de Justice, de Michael Sanders, sobre los distintos sistemas éticos a lo largo de la historia. Y me fascinaron Thinking fast and slow, de Kahneman, y Antifrágil, de Nassim Taleb que tienen mucho que decir acerca de cómo conocemos, más que cualquier Descartes con su glándula pineal. Y de Descartes entendí la potencia de su genio maligno. Además, este verano fui a un campamento asociado con el CFAR, el Centro para la Racionalidad Aplicada, visitando el FHI, el Instituto del Futuro de la Humanidad, un spin-off del departamento de Ética Aplicada de la Facultad de Filosofía de Oxford. Resulta cómico contemplarlo, compararlo y contrastarlo con la Complutense, cuyo departamento de Filosofía ha sido asimilado por el de Literatura.

También disfruté de algunas excelentes discusiones que enfrentaban a Utilitarismo y a la ética de Kant, principalmente con Jorge García Couto. Si no he aprendido filosofía en clase no ha sido porque no he querido, sino todo lo contrario. Compárese esto con Lengua y Literatura, asignatura en la cual también he leído por libre, y en la que además mi genial profesora me ha prestado Regla y representación, de Chomsky, y nos señaló algunas otras lecturas, como El caracol y la sirena, de Octavio Paz, azuzando nuestra curiosidad.

Retomando nuestro Leitmotiv, hablando de Platón y de Artistóteles, mi tutora afirmó que un gran maestro produce a estudiantes de mayor estatura, y empequeñeciéndonos, ha sido la anti-maestra. Propongo un brindis solitario a todo lo que pudo ser y nunca fue, y confío en que estas palabras actúen de revulsivo. Idealmente con una dimisión; como decía un compañero que tenía algo de precursor, "muerto el perro se acabó la rabia".

Todavía quisiera hablar de un último aspecto: nuestras alegrías y penas personales. Hubo variación. Un amigo mío rozaba la euforia por estar rodeado de gentes lúcidas y perspicaces, de poder ser derrotado al ajedrez. Un segundo sufrió una depresión, causada por la pedagogía de la Hidra, que continúa hoy en día, con altibajos de desasosiego repentino. Un tercero, muchos terceros sacaban notas espléndidas, mientras que alguno tenía pesadillas antes de cada examen. En la misma fiesta alguien mandó a la mierda a una chica de la forma más borde posible y un colega ayudó a una chica intoxicada. Un día exasperábamos al profesor y más adelante nos daba las gracias por ser alumnos geniales.

En lo que respecta al amor y sucedáneos, en mi clase hay, entre mucho que no se come un rosco, un Don Juan redimido junto a algunas bonitas relaciones cuyo final no puedo concebir. Que por poder sí puedo, porque con tan solo responder siempre "menos del doble de lo que ya han estado juntos", tendré razón el 50% de las veces. No obstante, sucede que no se me está permitido especular, por razones sociales que todavía no comprendo pero que me aseguran que son perfectamente válidas.

A la pregunta "¿Es el Bachillerato Internacional un valle de lágrimas?" se responde, como diría un gallego, con un "¿en qué medida?" Citando a este mismo gallego, "El BI es, en cierta medida, un valle de lágrimas. Es el peor valle de lágrimas, exceptuando a todos los demás": El BI ha sido la mejor opción, pero en muchas ocasiones no ha sido suficiente. Vale.

Fdo: Momo Yis

2 comentarios:

  1. Esos del eje Europa Universalis tienen la pinta de ser los putos amos... Por cierto, no sabía que Churchill fuera gallego ;)

    ResponderEliminar
  2. ¿Qué es esto? ¿Un comentario? ¿Se come?

    ResponderEliminar